Era verano de 1999 y para variar Pablo y el Abuelo se encontraban en paro. No fue difícil para Aitor, sufridor estudiante entonces, convencerles para acercarse hasta Escocia.
En aquellos años no existían (o no conocíamos) las compañías aereas de bajo coste, así que la compra del billete de avión dejó temblando nuestros bolsillos.
Es por eso que Aitor impuso una economía de guerra durante todo el viaje.
Dicha disciplina consistía en pasar las noches al raso (cuando no llovía), o como sardinas en lata en el coche (cuando jarreaba). Básicamente era la táctica 3-1, tres noches en la calle o coche y una en hostal.
Para acceder a un lugar para el que se requería pago de entrada, había que apañarselas para colarse. No siempre lo lograban.
Si alguien quería mandar una postal a los amigos, o llevar algún regalo a la amatxo, era obligado a delinquir por el tesorero Galdos.
Se recortaba presupuesto de la dieta y alojamiento, pero para las pintas siempre había fondos reservados.
Nos acercamos hasta Edinburgo coincidiendo con el festival de teatro que se celebra todos los veranos y que es de los más potentes de Europa. Las calles se abarrotan con espectáculos callejeros y visitantes, aunque mientras estuvimos en la ciudad, una lluvia torrencial desalojó ipso facto las calles, obligándonos a buscar refugio en un bar. Un poco desanimados por la frustrada experiencia cultureta, marcamos rumbo norte, rezando a braveheart para que lorenzo se dejara ver en las Highlands. Y vaya si lo hizo.
En los cuatro días al año en los que no llueve en las tierras altas de Escocia, estaban estos pseudo-albanokosovares para disfrutarlos.
Ibamos los tres sin pestañear para no perder detalle. La expresión más repetida era la de "se caga la perra". Montañas, lagos, acantilados, ríos, playas... todo beautiful, pero beautiful de la ostia.
Eso sí, al ponerse el sol, entraban en escena los midges, unos mosquitos diminutos (peores que los puri-puri venezolanos) que convertían el paraíso en un infierno. Esta fue la razón de que el coche, y no el asfalto, fuera nuestro mejor aliado a la hora de dormir.
Aprovechando la cercanía, nos acercamos a Belfast en Ferry. Fiel a su estilo, Aitor consiguió billetes a mitad de precio a golpe de gazte txartela y enseñar la tarjeta de Osakidetza al pobre hombre de la taquilla.
El acuerdo de Viernes Santo había sido un año antes, así que era una buena ocasión para acercarse al norte de Irlanda.
No sabemos lo que nos echaron en la bebida aquella noche en Falls Road, pero pocos meses después, dos miembros de esta expedición (Pablo e Iñigo) volvían a desembarcar en Irlanda, y esta vez para quedarse una larga temporada. Pero eso ya es otra historia.